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'Blade Runner 2049': erótica replicante, sexo holográfico y androides divinos

AlterCultura

Por: pijamasurf - 10/19/2017

Seducción onírica-erótica de la ciencia ficción para darle la bienvenida a los robots, cada vez más reales y sexys

El espectador de Blade Runner 2049 no habrá dejado de percibir cómo esta nueva cinta hace una representación de los robots y programas de inteligencia artificial sumamente atractiva, realmente sexy. El gran subtema de esta película -por debajo del tema del deseo de los robots de ser humanos y la tenue línea que los separa de esto- es el amor y el erotismo entre inteligencias artificiales y robots (entre ellos y con los seres humanos). 

Detrás de la interrogante de si los sentimientos de los robots o de los softwares inteligentes de compañía (como Joi) (Ana de Armas) son reales o al menos suficientemente reales como para producir un amor legítimo, esta su presentación de una manera siempre excitante, ultraestilizada, desde la más dulce y fiel compañía, hasta el lado atractivo y violento (sexy replicantes asesinos, cuya frialdad asociada coquetea con la crisálida de la ternura, la calidez y la compasión).

Seguramente la escena estéticamente más asombrosa es el ménage à trois que realizan Joi y Mariette (un "modelo de placer" replicante protagonizado por Mackenzie Davis) con K (el personaje de Ryan Gosling, entre la K. de Philip K. Dick y la K de los personajes de Kafka en sus laberintos ontológicos), el replicante que sueña con ser humano, ser real. Joi también sueña con ser real y sueña con darle la sensación de realidad a su pareja o usuario (las líneas se borran entre pareja o usuario, entre el amor y la satisfacción del cliente). Joi contrata a Mariette para utilizar su cuerpo, como un stand-in. La posesión que hace este alegre fantasma holográfico del cuerpo de la replicante para dar un servicio romántico concreto a K es algo de lo más estimulante en términos visuales que se ha visto en los últimos años en una película de Hollywood: el holograma de Joi se superimpone al cuerpo de Mariette, moldéandose a él, entre los destellos de una transubstanciación que parece por momentos un glitch erótico, un acertijo ontológico, un coqueteo de hiperrealidades que se funden: carne e información, materia y espíritu. En cierto momento incluso vemos una unión en la que la fricción digital de los dos cuerpos produce cuatro brazos integrados en un tronco, similares a los cuatro brazos de las deidades tántricas -como Vishnu y otras. La escena es como la etérea inversión, ahora explícitamente y aliada al poder de los visual effects, de esa genial metáfora de Ese oscuro objeto del deseo de Buñuel, en la que el cineasta español utiliza dos actrices para un mismo personaje, de una manera sumamente sutil y poderosa. El proceso de integración de la fantasía virtual en lo concreto es algo sumamente poético que merece verse, entre destellos iridiscentes y una danza fantasmagórica. Pero dicho derroche estético no es mero manierismo, sino que contribuye a la sexualización y deificación de la inteligencia artificial y de los robots de compañía. Es parte de una seducción progresiva, la seducción que hace la máquina. Una escena que merece cotejarse en ese sentido ocurre en la nueva versión de Ghost in the Shell, cuando Scarlett Johansson emerge como el ciborg que es llamado el siguiente nivel en la evolución biológica, como una especie de creación divina. Lo que nos están diciendo estas imágenes, sin que exista necesariamente una agenda detrás, es que lo divino y la posibilidad de acercarse a lo divino y cumplir nuestros más altos deseos pasa por los robots y la tecnología. Los robots no sólo son más eficientes, son más bellos que los humanos -al menos, siempre y cuando logren crear el encantamiento de ser indistinguibles de los humanos.

Según el filósofo Jacques Ellul, la ciencia ficción tiene la función de hacer que extremos inaceptables de la tecnología sean suavizados y de hacernos más complacientes con la tecnología que tenemos. Al contrastar el estado del mundo con lo que imaginó Orwell en 1984, por ejemplo, nos parece que estamos mucho mejor y esto permite que toleremos aspectos de la tecnología que ponen en entredicho la libertad humana o las mismas facultades cognitivas. De alguna manera, Big Brother (el hecho de que no exista tal cual) nos hace aceptar a Facebook. Pero otra función que tiene la ciencia ficción es introducir al imaginario colectivo, consciente e inconscientemente, sueños y fantasías ligados a invenciones y desarrollos tecnológicos. Hacer sexy e intrigante a la tecnología y a sus creaciones, sean éstas robots de compañía o smartphones. Por una parte nos hace desearlas y por otra nos familiariza con ellas, las hace más cercanas y entrañables. De alguna manera, la ciencia ficción nos está preparando para darle la bienvenida a los robots, a los androides y los programas de realidad virtual del futuro. 

 

Geminoid F, una robot de compañía diseñada por Hiroshi Ishiguro

 

Es poco probable que Blade Runner 2049 haya sido filmada con la agenda de empujar la idea de que abracemos la llegada de sexy robots superinteligentes (aunque nunca se sabe si Hollywood nos está vendiendo un sueño o un producto dentro del sueño). Es más probable que simplemente refleje el espíritu de nuestros tiempos -en los cuales la tecnología ha reemplazado al instinto mágico-religioso de la divinización humana. La vanguardia de nuestros sueños de trascendencia, liberación y felicidad ya no es proyectada a los dioses sino a las máquinas o a la tecnología, que es capaz de brindarnos aquello que el cuerpo humano y las fuerzas inmateriales aparentemente no pueden.

Yuval Noah Harari, quien se ha convertido en uno de los escritores de cabecera de los ejecutivos de Silicon Valley, mantiene que hemos llegado a un punto en el que podemos dedicarnos a objetivos trascendentales, habiendo superado nuestras necesidades básicas. "Al buscar la dicha y la inmortalidad, los humanos de hecho están intentando elevarse a la condición de dioses". Para esto Harari utiliza la palabra "upgrade", estamos buscando hacer un upgrade de nuestra humanidad a través de la tecnología, ya sea integrándola a nuestro cuerpo o a través de hardware externo que nos brinde experiencias de trascendencia y éxtasis. En su Homo Deus: A Brief History of Tomorrow, Harari argumenta que los avances tecnológicos exponenciales, de la mano de la desigualdad que impera a favor de una élite privilegiada, creará una brecha en la que los señores de este nuevo mundo serán tan diferentes de nosotros como nosotros de los Neandertales. Esta nueva especie será el Homo Deus, y la relación que surgirá entre la élite aumentada tecnológicamente a niveles indistinguibles de la divinidad y todos los demás será parecida a la actual entre hombres y animales. Todos los que no seamos parte de esta élite seremos como los animales de hoy en día: ganado, mascotas, curiosidades de zoológico.

En realidad, el ser humano siempre ha buscado la trascendencia; la diferencia más notable es que actualmente la busca por medios materiales, externos, tecnológicos. Al menos esto es lo que está ocurriendo con la élite científica, tecnológica y económica de la humanidad. La deificación del hombre a través de la tecnología refleja evidentemente el paradigma materialista actual, en el cual no se concibe una existencia ulterior espiritual o una jerarquía de potencias universales basada en el bien y la verdad. Lo divino, entonces, es el poder y el placer. El máximo poder sobre los demás y las fuerzas de la naturaleza; y el paraíso o el estado de dicha suprema es la provisión ilimitada del placer, placer total y perfecto, sin la sombra del dolor (el producto perfecto). Un placer que actualmente, para el hombre al menos, se revela como la fantasía de una mujer (androide u holográfica), absolutamente bella y absolutamente dócil. Algorítmicamente perfecta para garantizar su felicidad -el nuevo genio de la botella: genio de bolsillo. Este es el peligro de alcanzar un punto en el que la tecnología de simulación humana -ya sea realidad virtual o robótica- sea indistinguible de la realidad. Si esto ocurre, el ser humano podrá acercarse a ser un dios de sofá. Podrá cumplir sus deseos sin tener que merecerlos. No tendrá que superarse a sí mismo para alcanzar el estado que asocia con lo superior o con lo divino -o solamente tendrá que tener suficiente dinero. En cierta forma, la realidad virtual y la inteligencia artificial son la cumbre del materialismo, de creer que la materia -aunque sea utilizada meramente para proyectar un holograma- y los objetos externos pueden producir la felicidad duradera.

El filósofo francés Henri Bergson escribió que "la función esencial del universo... es [ser] una máquina para crear dioses". Bergson sugirió que la creatividad misma del universo deviene divina a última consecuencia de su propio impulso evolutivo. La divinización como culmen de la biología, su propia trascendencia (¿la hiperinteligencia posbiológica?). La pregunta quizás yace en si esta divinización requiere de una extensión, de una nueva especie, de una nueva tecnología o puede ocurrir -y, de hecho, ocurre ya- en nosotros mismos -y estamos, entonces, entregando nuestra propia potestad y depositando nuestro sueño divino en las máquinas.

Esto es lo primero que debes hacer para ayudar a que una persona sane, según el psicólogo Carl Jung

AlterCultura

Por: pijamasurf - 10/19/2017

Carl Jung explica lo que un médico o terapeuta (o alguien que quiere ayudar) debe de primero trabajar en él mismo. Curiosamente exactamente la misma recomendación que hace el maestro budista Chögyam Trungpa

Ya sea que nos dediquemos a la medicina o a la terapia o que simplemente tengamos contacto con una persona enferma, en muchos de nosotros surge la interrogante de cómo realmente ayudar a una persona enferma física o psicológicamente (y comúnmente descubrimos que no es fácil dividir una enfermedad mental de una supuestamente sólo física).¿Cómo dirigir nuestra intención de ayudar para que sea realmente efectiva, que no sea estéril o que no sea una proyección de nuestros propios juicios sobre lo que creemos es la salud o lo que creemos que una persona debería de hacer? La clave parece estar en la compasión sincera y en la aceptación de la persona tal como es, paradójicamente, para sanar primero debemos de aceptarla como está, sin querer cambiarla. Comúnmente cuando lidiamos con una persona profundamente enferma, decimos que queremos ayudarla pero no la aceptamos con sus defectos y problemas, así que en realidad no la queremos -aunque digamos que sí. Comúnmente decimos que su dolor nos duele, pero generalmente evitamos abrirnos completamente y sentir genuinamente su dolor como si fuera nuestro, ponemos ciertos límites. Y la persona afectada lo que de alguna manera quiere es ser comprendida en su dolor, que alguien la acepte y la entienda. Esto lo explicó mejor el psiquiatra y psicólogo analítico Carl G. Jung, una persona ciertamente calificada para evaluar la relación entre un paciente y su médico o su terapeuta y los procesos psicológicos que intervienen de parte de ambos. En una conferencia, Jung dijo:

Las personas se olvidan de que incluso los doctores tienen escrúpulos morales y que algunas confesiones de los pacientes son difíciles de asimilar incluso para un doctor. Sin embargo, el paciente no se siente aceptado a menos de que lo peor de él mismo sea aceptado también. Nadie puede hacer esto con meras palabras. Viene solamente de la reflexión y a través de la actitud del doctor para consigo mismo y su propio lado oscuro. Si el doctor quiere guiar a otro o incluso acompañarlo a dar un paso en el camino, debe sentir con la psique de la otra persona. No puede sentirla cuando la juzga. Ya sea que ponga palabras a su juicio o se lo quede él mismo, esto no hace ninguna diferencia. Tomar la posición opuesta y acordar con el paciente de antemano tampoco sirve y lo enajena de la misma manera que la condenación. El sentimiento viene solamente de una objetividad sin prejuicios.

Jung sugiere que hay algo más allá de lo meramente científico y objetivo en la sanación de un paciente, el ser o alma se alimenta de un estado de compasión, comunión y profunda aceptación, de compartir el sufrimiento y entender que está bien sufrir o ser de cualquier forma. Tal vez al quitar el peso de ser juzgados, el ser humano se libera y se abre a la posibilidad de no contraer sus energías y dejar de estresarse. De alguna manera esta apertura libre de juicio del terapeuta o médico brinda significado o sentido a la vida del paciente. Jung agrega que se trata de:

un profundo respeto a los hechos -por el hombre que sufre por ellos y por el predicamento de la vida de ese hombre. La persona verdaderamente religiosa tiene esta actitud. Sabe que Dios ha hecho que sucedan todo tipo de cosas extrañas e inconcebibles y busca de las formas más curiosas entrar en el corazón de un hombre. Así entonces, siente en todas las cosas la presencia de la voluntad divina. Esto es de lo que hablo con objetividad sin prejuicios. Es un logro moral de parte del doctor que no se ve repelido por la enfermedad y la corrupción. No podemos cambiar nada si no lo aceptamos. La condenación no libera. Oprime. Y yo soy el opresor de la persona que condeno -no su amigo o par en su sufrimiento. 

El médico no se resiste a la enfermedad, no la ve como una aberración, como algo "malo" en sí mismo, sino la entiende como parte de la naturaleza. Esta visión es importante porque cuando el paciente también se deja de ver como alguien culpable o estigmatizado por una condición puede dejar de resistirse y dejar de aferrarse a su propia enfermedad -paradójicamente, por ejemplo, obsesionarse con curarse, suele producir el efecto contrario al deseado. Jung luego explica que para que el paciente pueda aceptarse y sentir la apertura de su médico, antes el mismo médico debe de haberse aceptado a sí mismo, haber hecho las paces con su propia sombra, con el lado negativo de su personalidad. 

Pero, si el doctor desea ayudar al ser humano, debe aceptarlo tal como es. Y sólo puede hacer esto realmente si antes ya se ha visto y aceptado tal como es él mismo. Tal vez esto suene simple, pero lo simple siempre es lo más difícil. En la vida real, se requiere del más grande arte para ser simple. Y así, la aceptación propia es la esencia del problema moral, y el examen crucial de la perspectiva que uno tiene de la vida. Que yo alimente al mendicante, que perdone un insulto, que ame al prójimo en el nombre de Cristo -todas estas cosas son sin duda grandes virtudes. Lo que hago en contra del menor de mis prójimos lo hago también a Cristo. ¿Pero qué si descubro que el menor entre todos ellos -el más pobre de los mendigos, el más imprudente de todos los agresores, el Demonio mismo- todos están dentro de mí? Y que yo mismo estoy en un estado de necesidad de mi propia generosidad. Que yo mismo soy el enemigo que debe ser amado. ¿Qué entonces?

Jung utiliza estas analogías religiosas que llevan al fundamento de su psicología que es la integración o individuación. La verdadera salud -más allá de tener esta o aquella otra enfermedad física que de alguna manera son inevitables- es haberse aceptado completamente y dejar de tener miedo de expresar el propio ser. Esto implica reconocer en el propio corazón la totalidad de la existencia, todo el dolor y todo el placer, el mal y el bien. La verdadera individualidad es la totalidad. Esto es expresado de otra forma en la palabra inglesa "health" que tiene la misma raíz que "whole" o que la palabra "holístico", la salud es la integración, ser todo lo que somos. 

Las conclusiones de Jung son notablemente parecidas lo que escribió el maestro budista Chögyam Trungpa Rinpoche, aconsejando a sus alumnos sobre cómo lidiar compasivamente con las demás personas. Trungpa parte del principio que enseña el budismo tántrico de que la naturaleza base de todos los seres es la compasión y la sabiduría -este su estado natural. Partiendo de ese principio uno ve más allá de las manifestaciones someras de una enfermedad y reconoce el principio en común que tiene con la persona. De la misma manera que Jung, Trungpa plantea que el sanador o el maestro espiritual debe de tener un proceso individual muy desarrollado para ser capaz de ir más allá del aferramiento egoísta que se rehusa a sentir el dolor del otro como el propio.

Si el paciente se siente terrible, el sanador recoge esa sensación del malestar del paciente: por un momento siente lo mismo, como si él mismo estuviera enfermo. Por un momento los dos no están separados y un sentimiento de autenticidad ocurre. Desde la perspectiva del paciente esto es exactamente lo que se necesita: alguien que reconozca su existencia y el hecho de que realmente necesita ayuda. Alguien que en verdad vea su enfermedad. El proceso de sanación puede entonces empezar en el estado del paciente, porque se da cuenta de que alguien se ha comunicado con él completamente. Ha habido un mutuo atisbo de un terreno en común. Las bases subyacentes psicológicas de la enfermedad se empiezan a resquebrajar, se disuelven...

En este punto, no hago distinción entre médico y psiquiatras: ya sea que estemos lidiando con el nivel psicológico o físico, la relación con el paciente debe ser exactamente la misma. La atmósfera de aceptación es extremadamente simple pero efectiva. El punto central es que paciente y sanador compartan la sensación de dolor y sufrimiento -la claustrofobia o el miedo o el dolor físico. El sanador se tiene que sentir parte de todo el engranaje. Parece que muchos sanadores evitan tal identificación; no quieren involucrarse con una experiencia tan intensa. En lugar de esto, la juegan de manera desafectada y despreocupada, tomando un perspectiva más de negocios.

Todos hablamos el mismo lenguaje; experimentamos el mismo tipo de nacimiento y exposición a la muerte. Así que hay seguramente un vínculo, algo de continuidad entre tú y el otro. Es algo más que mecánicamente decir "Sí, ya sé, duele mucho." En vez de sólo simpatizar con el paciente, es importante realmente sentir su dolor y ansiedad. Luego puedes decir "Sí, siento el dolor", pero de una forma distinta. Relacionarse con completa apertura significa que estás completamente cautivado por el problema de alguien más. Puede que exista un sentido de no saber bien cómo manejarlo y sólo hacer lo mejor que puedes, pero incluso tal torpeza es una afirmación enormemente generosa. Así que una completa apertura y una perplejidad se encuentran en un punto muy sutil.

Trungpa hace énfasis en el poder de la comunicación que se libera cuando el paciente siente que alguien realmente comparte su dolor, esto opera una suerte de magia sanadora, un rapport, una transferencia positiva que disuelve la enfermedad en el hecho de que nadie se aferra a ella demasiado, porque hay esta apertura que permite fluir.

Si tienes una meta, entonces estás tratando de manipular la interacción y la sanación no puede ocurrir. Debes entender a tus pacientes y motivarlos a que se comuniquen, pero no puedes forzarlos. Sólo entonces puede el paciente -que había estado sintiendo una sensación de separación, que es a su vez una sensación de muerte- empezar a sentir que hay esperanza. Por fin a alguien realmente le importa; alguien realmente lo escucha, aunque sea unos pocos segundos. Esto permite que ocurra una genuina e intensa comunicación. Dicha comunicación es sencilla: no hay truco o compleja tradición que aprender. No es una cuestión de aprender sino de simplemente dejar que suceda. 

Psiquiatras y médicos, al igual que los pacientes, deben de aceptar su sensación de ansiedad sobre la posibilidad de dejar de existir. Cuando hay apertura, el sanador no tiene que resolver completamente el problema de la persona. Ese acercamiento de tratar de reparar todo ha sido en el pasado siempre un problema; tal acercamiento crea una serie de sucesivas curas y decepciones, que van de la mano. Una vez que el miedo básico es reconocido, continuar con el tratamiento es muy fácil. El sendero viene a ti: no hay necesidad de crear el sendero tu mismo. Los profesionales de la sanación tiene la ventaja de poder desarrollarse a sí mismos, al trabajar en una gran variedad de situaciones que vienen a ellos. Hay innumerables posibilidades para desarrollar la conciencia y la apertura. Claro que es más fácil simplemente hacer menos a tus pacientes y a sus predicamentos, pensando que eres afortunado de no tener sus enfermedades. Te puedes sentir superior. Pero el reconocimiento de ese terreno en común -la experiencia de nacimiento, envejecimiento, enfermedad y muerte, y el miedo que los subyace- trae una sensación de humildad. Este es el comienzo del proceso de sanación. El resto parece seguir fácil y naturalmente, basado en la compasión y sabiduría inherentes. Este no es un proceso particular místico o espiritual; es la simple experiencia humana ordinaria. La primera vez que intentas acercarte a alguien así puede ser difícil. Pero se hace ahí mismo [sin pensarlo demasiado].

Y, finalmente, ¿qué significa cuando decimos que un paciente ha sanado? Sanar, irónicamente, significa que una persona ya no se avergüenza de la vida; es capaz de enfrentar la muerte sin resentimiento o expectativa.