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Estas son solo algunos ejemplos de cómo el idioma o los idiomas que hablas acaban moldeando tu percepción del mundo y tu manera de relacionarte con él.

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Si sabes más de un idioma, no necesitas que un lingüista te diga que el lenguaje moldea la manera en que ves el mundo. Cada idioma es una suerte de carrete que traduce el mundo de cierta manera. Por eso la extinción de un idioma es la extinción de una parte de la realidad. Pero más allá de ello, se cree que si hablas alemán, por ejemplo, podrías ser un poco más pragmático, si hablas francés, un poco más emocional, y así con cada uno. Te sorprenderá saber qué tan distinto es un cerebro dependiendo de en qué idioma hablen tus pensamientos.

1)  La lengua enfocada en el género alienta la discriminación

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En español hay dos distintos artículos determinados para referirse a un objeto, dependiendo si es masculino (el) o femenino (la), también existe el artículo neutro, pero se usa para referirse no a objetos, sino a cualidades de las que se pretende teorizar ("lo bello", "lo útil", etc.); en alemán hay tres (masculino der, femenino die, neutro das). Ahora, se ha propuesto que estar forzado a asignar un género a todos los objetos le da más importancia, en la mente del hablante, al sexo de las personas de lo que tendría si fuera neutro. En países donde la lengua dominante emplea un sistema de identificación genérica basado en el sexo, la participación femenina en la fuerza de trabajo se reduce alrededor de 12 por ciento; mientras que en países donde la lengua usa un sistema no sexual, la participación femenina de hecho aumenta un poco, en un 3 por ciento.

2) Pensar en una lengua distinta a la natal te fuerza a tomar mejores decisiones

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Investigadores de la Universidad de Chicago encontraron una buena manera de pensar lúcidamente a la hora de tomar decisiones. La lengua madre puede estar repleta de emocionalidades adheridas a las palabras o las ideas, por lo tanto, si no estás seguro de que tu decisión puede estar intervenida por estos factores, trata de pensar en ello en una lengua extranjera. Lo que los investigadores piensan que pasa cuando hacemos esto es que traducir tu proceso mental a un segundo idioma te fuerza a  depender de la cognición analítica y fría, en lugar de en la cognición caprichosa y emocional.

3) Naces con huellas vocales que podrían dificultar tu entendimiento de otros idiomas

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Quizás los bebés no sean capaces de hablar hasta después de gatear y caminar por un par de años, pero aprenden su idioma mucho antes que eso. Un estudio ha demostrado que los bebés, de hecho, aprenden el idioma de sus madres mientras aún se encuentran en la matriz. ¿Cómo pueden saber eso? Porque cuando nacen lloran con acento.

En el estudio realizado, los investigadores escucharon a 60 niños franceses y 60 alemanes, y ambos grupos revelaron entonaciones claramente distintas a la hora de nacer. Los franceses, como es de esperarse, lloraban con acento gutural, y los alemanes con acento duro y áspero. Eso es porque cada lengua tiene su serie única de entonaciones, llamada prosodia. La prosodia de tu idioma está tan arraigada a ti, incluso desde antes de nacer, que entender otras lenguas puede ser muy difícil. El sarcasmo es buen ejemplo de esto.

Normalmente sabemos cuando un enunciado es entregado de manera sarcástica en nuestro idioma. Y podríamos pensar que es lo mismo en otras lenguas, pero no es así. Las marcas acústicas del sarcasmo, aunque consistentes en todas las lenguas, suenan completamente distinto en cada una.

4) Tus percepciones cambian de acuerdo al idioma que uses para expresarlas

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Recientes estudios han sugerido que el lenguaje puede actuar como una especie de máquina cultural que enmarca tus percepciones en una ideología determinada. En otras palabras: el “cambio de marco”, como lo llaman algunos psicólogos, es la habilidad de ponerte en los zapatos culturales de alguien más sólo con hablar su idioma. Un ejemplo de ello es un experimento que se llevó a cabo con participantes árabes israelíes que hablaban tanto árabe como hebreo (dos culturas que han tenido bastante animosidad entre ellas a lo largo de los años). Cuando el examen se les dio en árabe, los participantes escogieron nombres judíos como intrínsecamente negativos, pero este efecto desapareció cuando el examen estaba en hebreo.

5) Las lenguas sin tiempo futuro son mucho más eficientes en casi todo

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Considera los tiempos pasado, presente y futuro. La diferencia entre “Lucía está regando sus plantas” y “Lucía va a regar sus plantas” tiene implicaciones explícitas acerca de qué tan lejos está Lucía de regar sus plantas. Esa es información necesaria, pensaríamos. Pero puede ser sorprendente que otras lenguas no tienen tiempo verbal futuro y funcionan de maravilla. En Mandarín, por ejemplo, está bien decir algo como “Lucía plantas regar”.

Resulta que los hablantes de estas lenguas atemporales toman mejores decisiones que los demás, acerca de casi todo. Un estudio de Yale Business School analizó data de 76 países y se enfocó en cosas como ahorro de dinero, fumar y hábitos de ejercicio. El increíble resultado fue que en las culturas donde la gente habla un idioma sin tiempo futuro, las decisiones económicas eran generalmente más sanas. De hecho, encontró que los hablantes de inglés y español, que tienen tiempo futuro, tendían a ahorrar 30% menos que los atemporales. Se piensa que los hablantes de tales idiomas ven su vida menos como una línea de tiempo que como un todo. De esta manera están automáticamente más conscientes de cómo sus decisiones afectarán su vida entera.

 

En lugar de ir hacia la subjetivización de la problemática –que es su apropiación-, la escuela le escapa y lo vuelve asunto de cálculo. Y fracasa.

Cuánto sabe usted de dinero? Veamos. Por favor conteste las siguientes tres preguntas.

1) Suponga que tiene 100 euros en una cuenta de ahorros en su banco y que la tasa de interés que gana en esa cuenta es el 2% al año. ¿Qué monto tendrá en esa cuenta después de 5 años, suponiendo que nunca retira fondos? A) más de 102 euros B) exactamente 102 euros C) menos de 102 euros D) No sé / No contesto.

2) Suponga que la tasa de interés que ganan sus ahorros es el 1% al año y que la tasa anual de inflación es del 2%. Después de un año usted podrá comprar A) más de lo que podría comprar hoy con esos ahorros;B) exactamente lo mismo; C) menos D) No sé / No contesto.

3) Comprar acciones de una sola empresa suele ofrecer rendimientos más seguros que comprar acciones de un fondo que invierte en diferentes empresas. ¿Cree usted que esta afirmación es cierta o falsa? No sé / No contesto.

Las respuestas correctas son 1-A, 2-C y 3-Falsa.

¿Cómo le fue? En Rusia, el 96% de los encuestados no pudo contestar correctamente las tres preguntas. En Estados Unidos, la meca del capitalismo, solo el 30% las respondió todas bien. Quienes mejor respondieron fueron los alemanes (53% contestaron las tres correctamente) y los suizos (50%). Así, aun en los países con los mejores resultados, a la mitad o más de la población no le va bien en este examen. Peor aún, 75% de los italianos, 79% de suecos, 69% de franceses y 73% de los japoneses no supo contestar correctamente las tres preguntas. 

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¿Qué tipo de saber es el que le falta a tantas personas? ¿Qué pasa que fallan tantos en algo que parece tan sencillo y necesario?

Moisés Naim -de quien tomo el dato- nos dice que se trata de un saber “de dinero” (periódico El País; Hablemos de dinero; 3 de mayo de 2014). En estos días, moví este párrafo con algunos colegas y amigos y más de uno lo referenció a la ausencia de un saber matemático básico.

A mi no me convence del todo ni una ni la otra reflexión.

Si nos preguntáramos en qué magnitud ese saber ausente es “significativo” para las personas encuestadas, probablemente los resultados serían equivalentes a las proporciones de error en las respuestas. Quiero decir, que para el 96% de los rusos se trata de un saber significativo, así como para el 70% de los gringos y así va.

¿Surge de ahí la conclusión de que falla el saber porque es significativo? Claro que no. Pero si conviene considerar que hay muchos casos en que un saber significativo (útil, digamos) no se desarrolla.

Creo que el problema es que la escuela (e incluso las universidades) no desarrolla ese tipo de saberes basándose en la significación que tienen para las personas; al contrario, lo vuelven abstracto y desconectado. Lo traducen a saber matemático, digamos. Si en la escuela tuviéramos una materia que se llamara “dinero” (así, provocativamente), estimo que estos resultados mejorarían si en ese contexto nos dedicáramos –también- a trabajar los conceptos aquí colocados. Lo mismo que si tuviéramos una materia que se llamara “amor”, seguro que aprenderíamos más y mejor sobre psicología.

Pero no. La escuela hace lo contrario. En lugar de ir hacia la subjetivización de la problemática –que es su apropiación-, la escuela le escapa y lo vuelve asunto de cálculo. Y fracasa. Aún en Japón, donde pensábamos que no existía el fracaso. Algunos problemas de la escuela son planetarios.

El saber matemático en juego –completamente elemental, además- se desarrolla de manera incidental, de la mano del genuino interés de los alumnos por saber de dinero, de manejar su dinero, de cuidar su dinero, de ganar dinero o cualquiera de esas expresiones que tanto le interesan a la gente hoy día. Es por cuenta del dinero (o de alguna otra problemática vital) que nos interesa el cálculo, y no al revés.

Saquemos una conclusión más general. La escuela desvitaliza los procesos de desarrollo de conocimiento; les anula lo que los haría autónomos y vigorosos, que es su significación para quien lo está desarrollando. La escuela abstrae, dizque objetiva, seca de toda humedad y entorpece como nadie el proceso de deslizamiento del conocimiento. Lo vuelve áspero y obligatorio. Lo reduce a minorías sobreadaptadas.

Pero más aún. Si el sistema educativo forjara competencias, actitudes de tesón y de búsqueda, incluso deberíamos pensar que quien no adquirió ese conocimiento en la escuela se lo procura después, por cuenta propia, dado lo relevante que éste resulta en su vida personal. Y sin embargo no ocurre. No enseñamos estas cosas ni desarrollamos esas actitudes para buscar estos conocimientos luego. Doble fracaso. Cerrojo.

Me preocupa cuando mis amigos me dicen que el saber fracasado es matemático. Siento que esa respuesta es una parte del problema de la escuela. Lo primero que hacemos es clasificar, antes de asumir. (Es rigurosamente cierto que un niño bien formado en la estructura básica de las matemáticas estará mejor preparado para asumir estos conceptos “de dinero” que otro que no lo esté, pero eso no vuelve al saber matemático.) La escuela no desarrolla bien este conocimiento, ni otros, porque no los encausa. La escuela no sabe lo que quiere decir encausar. La única “causa” que la escuela conoce y reconoce es la obligación, o el deseo de agradar. Y esas no son causas. La escuela desconoce la causa del proyecto personal o colectivo.

Un tercer nivel de análisis a partir de este ejemplo.

¿Qué curioso resulta que nos falten saberes tan básicos de economía y luego sea la economía –justamente- el termómetro decisivo que define nuestras preferencias políticas y muchas de nuestras opiniones sociales? ¿Cómo funciona esa aparente contradicción?

Lo que en esa estructura está faltando es una competencia básica, estructurante, que es la de construir tu conocimiento según tus intereses. Nos interesa la economía y nos dejamos influir por ella para tomar nuestras decisiones, pero no “sabemos” construir nuestro saber, nuestra opinión y nuestra posición respecto a los problemas de la economía. Por lo tanto, nos dejamos influir por meros estereotipos, lugares comunes, opinión pública, influencia. Donde necesitamos construir nuestra posición, la escuela nos enseña a meter un estereotipo. Y así nos desplazamos. La escuela nos “enseñó” a “resolver” así nuestros problemas vitales. La escuela nos formateó para ser fáciles, obvios, light e ignorantes. Y esta encuesta nos lo evidencia, en el mundo entero.

La vida tira del proceso. El sujeto tira del proceso. Y las matemáticas, como la ciencia y la psicología y la filosofía, vienen para asistir ese proceso, causado allá. Ese orden es la clave. Y luego incentivas, desarrollas en los niños su creencia de que pueden y deben construir sus posiciones, empujar sus procesos de construcción de conocimiento, es decir, desenvolverse. Eso debería ser una escuela. Aquí y en la China.

Sin embargo, acabamos colocando nuestro dinero donde “dicen” que es mejor colocarlo; no donde creemos que es mejor colocarlo. Votamos lo que nos “dicen” que es mejor votar… Y así acabamos enamorándonos, incluso.

Twitter del autor: @dobertipablo